María en el Antiguo Testamento

La Biblia relata la historia de la Virgen María en ambos, el Nuevo y el Antiguo Testamento. En el Antiguo Testamento leemos acerca de Nuestra Bendita Madre en las profecías y modelos proféticos que Dios ha usado para enseñarnos acerca de ella.

Génesis 3, 15 — Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo. Él te aplastará la cabeza y tú le acecharás el talón”.

En Génesis 3, 15 encontramos la primera profecía que habla de María, la descendencia de la mujer, que herirá mortalmente en la cabeza a la serpiente original. Cuando los sabios hebreos de tiempos antiguos tradujeron este versículo al lenguaje griego, usaron la palabra gunai (mujer, dama). Ella es la que va a traer el castigo divino sobre el padre de la “raza de víboras” (Mateo 12, 34) a quien Jesús se refirió cuando dijo “sois hijos de vuestro padre, el diablo” (Juan 8, 44). En este pequeño verso del Génesis encontramos la primera huella de las promesas del Evangelio. La simiente de la mujer es también la simiente de Abraham, el padre de todos los que tienen fe. Esa simiente es Cristo, quien viene al mundo a través de María. Esto nos lo explica San Pablo en Gálatas 3, 16: ” Pues bien, las promesas fueron dirigidas a Abraham y a su descendencia. No dice: ‘y a los descendientes’, como si fueran muchos, sino a uno solo, ‘a tu descendencia’, es decir, a Cristo.”

La enemistad entre la simiente de la mujer y la simiente o progenie de la serpiente original continúa hasta el tiempo del fin, tal cual se muestra en la visión del Apocalipsis de San Juan (Apocalipsis 11, 19 y 12, 6).

Isaías 7, 14 — Por eso el Señor mismo os dará un signo. Mirad, la doncella quedará encinta y dará a luz un hijo, y lo llamará con el nombre de Emanuel.

Dios reitera que El va a enviar a un Mesías y revela aquí por primera vez que el Mesías va a ser el hijo de una joven doncella: “la doncella quedará encinta y dará a luz un hijo, y lo llamará con el nombre de Emanuel.” La palabra usada aquí para virgen es almah (una doncella o jovencita). El nombre Emanuel significa “Dios con nosotros”. Isaías nos revela algo más sobre esta virgen:

Isaías 11, 1-5 — Saldrá una rama del tronco de Jesé y un retoño brotará de sus raíces. Sobre él reposará el Espíritu del Señor: espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de ciencia y de temor del Señor –y lo inspirará el temor del Señor. Él no juzgará según las apariencias ni decidirá por lo que oiga decir: juzgará con justicia a los débiles y decidirá con rectitud para los pobres del país; herirá al violento con la vara de su boca y con el soplo de sus labios hará morir al malvado. La justicia ceñirá su cintura y la fidelidad ceñirá sus caderas.

Esta profecía nos confirma indirectamente que la virgen que dará a luz al Mesías será de la tribu de Judá y de la familia de David. El Jesé que se menciona aquí, es el padre del rey David, que es de la tribu de Judá. Al principio de la historia de Israel, Jacob ya había profetizado que el Mesías vendría de la tribu de Judá (Génesis 49, 10). Aquí Isaías comienza a revelar el papel de la Madre del Mesías. Finalmente, en el Nuevo Testamento se hace la conexión en el Evangelio de San Mateo:

Mateo 1, 18-25 — Este fue el origen de Jesucristo: María, su madre, estaba comprometida con José y, cuando todavía no habían vivido juntos, concibió un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió abandonarla en secreto. Mientras pensaba en esto, el ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: “José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su Pueblo de todos sus pecados”. Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por el profeta: “La Virgen concebirá y dará a luz un hijo a quien pondrán el nombre de Emanuel”, que traducido significa: “Dios con nosotros”. Al despertar, José hizo lo que el ángel del Señor le había ordenado: llevó a María a su casa, y sin que hubieran hecho vida en común, ella dio a luz un hijo, y él le puso el nombre de Jesús.

Un contemporáneo de Isaías también menciona a la Madre del Mesías:

Miqueas 5, 1-2 — Y tú, Belén Efratá, tan pequeña entre los clanes de Judá, de ti me nacerá el que debe gobernar a Israel: sus orígenes se remontan al pasado, a un tiempo inmemorial.

También el profeta Jeremías parece aludir a la Madre del Mesías en este misterioso verso:

Jeremías 31, 22 — ¿Hasta cuándo andarás por la senda errada, hija rebelde? Pues el Señor ha creado una cosa nueva en la tierra: La mujer rondará al varón con devoción.

Aquí la “hija rebelde” es la nación de Israel. La frase parece sugerir que Dios está por hacer algo para curar las constantes rebeliones de su pueblo. San Jerónimo explica este versículo como un modelo profético del nacimiento virginal de Cristo. La “cosa nueva” que Dios crea es María de Nazaret quien tendrá la misión de concebir un hombre completo y perfecto, sin mancha del pecado original.

En la Biblia hay otros tipos proféticos de María, como por ejemplo: Sara, Hanna, Débora, Jael, Judit y Ester, entre otras.

Sara, mujer de una nueva alianza

Sara es la esposa de Abraham, la madre de Isaac y la abuela de Jacob, quien llegó a ser el padre de las doce tribus de Israel. Hay muchos paralelos entre Sara y María de Nazaret. Como María, ella mora en Egipto con su esposo por un tiempo (Génesis 12, 10-20). Nunca tuvo hijos (Génesis 16, 1) hasta que su milagrosa gravidez fue anunciada por un mensajero celestial (Génesis 18, 10). Además, Sara le hace al ángel una pregunta muy similar a la que hizo María.

María le pregunta al ángel:

Lucas 1, 34 — […] “¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?”

Mientras que Sara dice:

Génesis 18, 12 — […] ‘¿Tendré un hijo a esta edad avanzada y siendo viejo mi esposo?’

Aunque estén separadas por miles de años, tanto Sara como María viven en tiempos importantes de la historia. En ambos tiempos Dios establece una nueva alianza con su pueblo.

Génesis 17, 2 — Yo haré una alianza contigo, y te daré una descendencia muy numerosa.

Lucas 1, 30-33 — Pero el ángel le dijo: “No temas, María, porque Dios te ha favorecido. Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin”.

Hanna, madre de Samuel, ejemplo de fe

En tiempos antiguos los hijos eran el tesoro más preciado de una familia. Tener muchos hijos era considerado como una bendición de Dios. Cuando una mujer no podía tener hijos, tenía que sufrir el oprobio social de ser yerma. En muchos casos el marido tomaba una segunda esposa, lo cual hacía muy difícil la vida de la primer consorte. Este era el caso de Hanna, la esposa de un hombre llamado Elcana. Esta fiel mujer era estéril pero eso no la detuvo de orar con fervor a Dios para que le diera hijos.

Cierto año, al tiempo de celebrar un gran festival religioso en Siló, Hanna se acercó al Tabernáculo y oró ardientemente a Dios para que le diera un hijo. Oraba silenciosamente y el sacerdote Elí la observaba a cierta distancia. Elí notó que Hanna estaba muy perturbada y se convulsionaba llorando al rezar. El sacerdote concluyó—equivocadamente— que la mujer había bebido demasiado vino durante la celebración y la reprendió por estar ebria en la casa de Dios.

En este punto recordemos que María, junto con otros cristianos, también fue acusada de haber bebido demasiado después de celebrar el Pentecostés, el día en que la Iglesia niña recibió el Espíritu Santo (ver Hechos 2, 1-13).

1ra Samuel 1, 12-17 — Mientras ella prolongaba su oración delante del Señor, Elí miraba atentamente su boca. Ana oraba en silencio; sólo se movían sus labios, pero no se oía su voz. Elí pensó que estaba ebria, y le dijo: “¿Hasta cuándo te va a durar la borrachera? ¡Ve a que se te pase el efecto del vino!” Ana respondió: “No, mi señor; yo soy una mujer que sufre mucho. No he bebido vino ni nada que pueda embriagar; sólo me estaba desahogando delante del Señor. No tomes a tu servidora por una mujer cualquiera; si he estado hablando hasta ahora, ha sido por el exceso de mi congoja y mi dolor”. “Vete en paz”, le respondió Elí, “y que el Dios de Israel te conceda lo que tanto le has pedido”.

Después de recibir la bendición de Elí, Hanna creyó fielmente que Dios iba a responder a su oración. Le prometió a Dios que, si le daba un hijo, le consagraría al Señor para servirle de por vida. La respuesta a esa plegaria fue el profeta Samuel, el gran profeta-sacerdote de Israel que nació ese año. Hanna cumplió su promesa y cinco años después llevó a Samuel para que fuera criado por Elí, que era sacerdote de Dios en ese lugar.

Al igual que María, Hanna fue la madre de un gran profeta consagrado al servicio de Dios desde su infancia. (Comparar 1ra Samuel 1, 24 con Mateo 2, 22-40).

La Canción de Hanna, se encuentra en el segundo capítulo del primer libro de Samuel. Este hermoso poema fue seguramente la inspiración para el Magnificat de María (Lucas 1, 46-55).

1ra Samuel 2, 1-10 — Entonces Hanna oró, diciendo: “Mi corazón se regocija en el Señor, tengo la frente erguida gracias a mi Dios. Mi boca se ríe de mis enemigos, porque tu salvación me ha llenado de alegría. No hay santo como el Señor, porque no hay nadie fuera de ti, y no hay roca como nuestro Dios. No habléis con tanta arrogancia, que la insolencia no os brote de la boca, porque el Señor es el Dios que lo sabe todo, y es él quien valora las acciones. El arco de los valientes se ha quebrado, y los vacilantes se ciñen de vigor; los satisfechos se contratan por un pedazo de pan, y los hambrientos dejan de fatigarse; la mujer estéril da a luz siete veces, y la madre de muchos hijos se marchita. El Señor da la muerte y la vida, hunde en el abismo y levanta de él. El Señor da la pobreza y la riqueza, humilla y también enaltece. El levanta del polvo al desvalido y alza al pobre de la miseria, para hacerlos sentar con los príncipes y darles en herencia un trono de gloria; porque del Señor son las columnas de la tierra y sobre ellas afianzó el mundo. El protege los pasos de sus fieles, pero los malvados desaparecerán en las tinieblas, porque el hombre no triunfa por su fuerza. Los rivales del Señor quedan aterrados, el Altísimo truena desde el cielo. El Señor juzga los confines de la tierra; él fortalece a su rey y exalta la frente de su Ungido”.

Débora y Jael, valientes siervas de Dios

Débora es un modelo de sabiduría femenina, que juzgó a Israel desde un lugar entre Ramá y Lapidot (Jueces 4, 4). En un tiempo en que los isaelitas eran oprimidos por los cananeos, Débora reunió a las tribus de Zabulón y Neftalí para combatir contra Sísara, el comandante cananeo. Débora profetizó que el poderoso opresor de los hebreos iba a hallar su fin a manos de una mujer. Este es otro modelo profético de María, quien debe cumplir la profecía de Génesis 3, 15 por medio de aplastar la cabeza de Satanás, la serpiente original. La mujer elegida por Dios para terminar con la vida de Sísara es Jael. Ambas, Débora y Jael son tipos proféticos de María.

Jueces 4, 17-23 — Mientras tanto, Sísara huyó a pie hasta la carpa de Jael, la esposa de Jéber, el quenita, porque Iabín, rey de Jasor, y el clan de Jéber, el quenita, estaban en buenas relaciones. Jael le salió al encuentro y le dijo: “Ven, Señor mío, pasa por aquí. No temas”. El entró en su carpa, y ella lo tapó con una manta. El le dijo: “Por favor, dame un poco de agua, porque tengo sed”. Ella abrió un recipiente donde había leche y le dio a beber. Luego lo volvió a cubrir. El le siguió diciendo: “Quédate a la entrada de la carpa, y si viene alguien y te pregunta: “¿Hay aquí algún hombre?, respóndele que no”. Pero Jael, la esposa de Jéber, sacó una estaca de la carpa, tomó en su mano un martillo y, acercándose a él sigilosamente, le clavó la estaca en la sien, hasta hundirla en la tierra. Sísara estaba profundamente dormido, agotado por el cansancio. Cuando ya estaba muerto, llegó Barac, que venía persiguiendo a Sísara. Jael le salió al encuentro y le dijo: “Ven y te mostraré al hombre que buscas”. El entró junto con ella, y vio a Sísara que yacía muerto, con la estaca clavada en la sien.

Judit libra a Israel de sus enemigos

El libro de Judit nos cuenta como Dios libró al pueblo judío por medio de una mujer valiente y temerosa de Dios. El nombre Judit significa “judía”. Ella es un ejemplo profético de la perfecta confianza en Dios que tuvo María y del amor de María por el pueblo elegido de Dios (Lucas 1, 38-37). Lo mismo que María, ella intecedió delante de Dios por la salvación de su pueblo.

Judit 9, 5-14 — “Tú has hecho el pasado, el presente y el porvenir; Tú decides los acontecimientos presentes y futuros, y sólo se realiza lo que Tú has dispuesto. Las cosas que Tú has ordenado se presentan y exclaman: “¡Aquí estamos!”. Porque Tú preparas todos tus caminos, y tus juicios están previstos de antemano. Mira que los asirios, colmados de poderío, se glorían de sus caballos y sus jinetes, se enorgullecen del vigor de sus soldados, confían en sus escudos y sus lanzas, en sus arcos y sus hondas, y no reconocen que Tú eres el Señor, el que pone fin a las guerras. ¡Tu Nombre es Señor! Quebranta su fuerza con tu poder, aplasta su poderío con tu ira, porque se han propuesto profanar tu Santuario, manchar la Morada donde habita la Gloria de tu Nombre, y derribar tu altar a golpes de hierro. Mira su arrogancia, descarga tu indignación sobre sus cabezas: concédeme, aunque no soy más que una viuda, la fuerza para cumplir mi cometido. Por medio de mis palabras seductoras castiga al esclavo junto con su jefe y al jefe junto con su esclavo. ¡Abate su soberbia por la mano de una mujer! Porque tu fuerza no está en el número ni tu dominio en los fuertes, sino que Tú eres el Dios de los humildes, el defensor de los desvalidos, el apoyo de los débiles, el refugio de los abandonados y el salvador de los desesperados. ¡Sí, Dios de mi padre y Dios de la herencia de Israel, Soberano del cielo y de la tierra, Creador de las aguas y rey de toda la creación: escucha mi plegaria! Que mi palabra seductora se convierta en herida mortal para los que han maquinado un plan siniestro contra tu Alianza y tu Santa Morada, la cumbre de Sión y la Casa que es posesión de tus hijos. ¡Que toda tu nación y cada una de sus tribus reconozcan que Tú eres Dios, el Dios de toda fuerza y de todo poder, y que no hay otro protector fuera de ti para la estirpe de Israel!”

La reina Ester, intercesora del pueblo de Dios

La reina Ester es uno de los más bellos tipos proféticos de Nuestra Bendita Madre. Ella también es un modelo de confianza en Dios y en el poder de la oración y el sacrificio personal. Cuando los enemigos del pueblo de Dios preparan un plan para exterminarlos, ella intercede por su pueblo delante del rey Asuero, arriesgando su vida en el proceso. Esther es una imagen profética de María, la valerosa Reina del Pueblo de Dios.

Ester 8, 4-6 — El rey tendió hacia Ester el cetro de oro. Ella se levantó, permaneció de pie en presencia del rey y dijo: “Si al rey le parece bien y quiere hacerme un favor, si lo juzga conveniente y está contento conmigo, haga revocar por escrito los documentos que Amán, hijo de Hamdatá, el agaguita, concibió y escribió para eliminar a los judíos de todas las provincias del Rey. ¿Cómo podré resistir, al ver la desgracia que se abatirá sobre mi pueblo? ¿Cómo podré ser testigo de la desaparición de mi estirpe?”

El tema de María como la Nueva Eva está prefigurado en esta historia. En la antigua corte de Persia, la reina Vasti es desterrada debido a su desobediencia. Cuatro años más tarde, el rey Asuero elige a Ester por esposa y reina, al hallar que es hermosa e inteligente. Vasti pareciera prefigurar a la primera Eva, así como María es prefigurada en Ester.

Al poco tiempo unos enemigos envidiosos de los judíos complotan para destruir a todos los judíos del imperio. La única persona que puede salvar a los judíos de una destrucción segura es Ester pero ella no puede hablar con el rey Asuero a menos que sea llamada al trono real. Por aquel entonces, cualquiera que apareciera delante del rey sin ser llamado era castigado con la muerte.

Pero Ester está decidida a salvar a su pueblo. Para lograrlo, ella y sus doncellas, junto con todos los judíos de Persia ayunan y rezan por tres días. Al final de esos tres días, Ester entra en la corte del rey sin ser invitada, para pedir por la vida de su pueblo. Esto nos recuerda claramente el papel de María como intercesora del pueblo de Dios, que ruega a Dios y ofrece su dolores como sacrificio de la misma manera en que Ester oró y ayunó por el bien de su pueblo.

Al final de la historia, por intercesión de la reina Ester, los judíos son salvados de sus enemigos a quienes derrotan completamente. Por eso es que el pueblo judío celebra la Fiesta de las Suertes, o Purim. En su origen, el ayuno de Ester y la nación judía se observaba en los días 14, 15 y 16 del Mes de Nisán, en lo que correspondería hoy a los tres días de la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. En esto observamos un paralelo: así como Ester y los judíos derrotaron a sus enemigos en la antigua Persia, así Jesús derrotó a sus enemigos en el Calvario el 14 de Nisan, el día de su Pasión, en el Primer Viernes Santo.

Ester se nos presenta en la Biblia como una mujer de fe profunda, valiente, que ama a su pueblo y está dispuesta a arriesgar su vida por aquellos a quienes ama. Ella fue un instrumento de salvación dado por Dios para proteger a su pueblo. También María es instrumento de salvación por Dios. A través de ella recibimos a Jesús. Como Ester, ella es una intercesora permanente ante el trono de Dios, para el bien de sus hijos amados.

María, Arca de la Nueva Alianza

Los católicos no adoran a María, por la sencilla razón de que ella no es Dios. Efectivamente, algunos miembros de la primitiva comunidad cristiana que realmente adoraban a María—por ejemplo, los coliridianos que le ofrecían sacrificios—fueron excomulgados de la Iglesia. Nadie que adore a María puede ser católico. Sí, nosotros ciertamente amamos a María y estamos agradecidos a Dios por el regalo que ella representa para la humanidad. Fue a través de María—literalmente—que la salvación vino al mundo. La Escritura la muestra como el Arca de la Nueva Alianza. Como tal, a ella se le debe mayor estima que al Arca de la Alianza original, que fue vista por los antiguos israelitas como el objeto más preciado y reverenciado en la creación aparte del Creador mismo. Así nosotros vemos que tratarla como “solamente otra cristiana” no es bíblico, ya que incluso un ángel de Dios le rinde homenaje de una manera notable y sin precedente alguno, dirigiéndose a ella como se dirige uno a un personaje de la nobleza (Lucas 1, 28). En verdad, cuando nosotros veneramos a María estamos cumpliendo la profecía del Nuevo Testamento sobre ella:

Lucas 1, 48 — Por eso desde ahora todas las generaciones me bendecirán.

Durante dos mil años la profecía de María se ha cumplido cabalmente cada vez que un cristiano la ha llamado “bendita entre las mujeres” en sus oraciones.

Lucas 1, 43 — Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena de Espíritu Santo y exclamando con gran voz, dijo: “Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?”

El saludo de Isabel no sólo es inusual, es absolutamente radical. Isabel era de edad muy avanzada, mucho mayor que María. Para ella, dirigirse así a su pariente más joven era algo completamente inaudito en una cultura de costumbres muy rígidas, especialmente entre las jerarquías familiares. Más aún, el saludo de Isabel establece a María como la nueva Arca de la Alianza, ya que la frase que usa Isabel se refiere al siguiente versículo del Antiguo Testamento:

2 Samuel 6, 9 — Aquel día David tuvo miedo de Yahvé y dijo: “¿Como voy a llevar a mi casa el Arca de Yahvé?”

Este pasaje es paralelo al saludo de Isabel en Lucas 1, 43. De esta forma, María es presentada como la nueva Arca de la Alianza, la portadora de Dios, o Theotokos. Cuando David, en su temor, envió el Arca a la casa de Obed-Edom, ésta permaneció ahí tres meses (2 Samuel 6, 11). María permaneció con Isabel el mismo periodo de tiempo, tres meses (Lucas 1, 56). Estos paralelismos, que los escritores del Nuevo Testamento conocían, debían ser obvios para la primera comunidad cristiana instruída en el Antiguo Testamento. Para ellos, estas cosas no eran meras coincidencias.

Apocalipsis 11, 19 — 12, 1 — Y se abrió el Santuario de Dios en el cielo y apareció el Arca de su Alianza en el Santuario y se produjeron relámpagos y fragor y truenos y temblor de tierra y fuerte granizada. Una gran señal apareció en el cielo: una Mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza.

El Arca de la Alianza, que Juan en su visión del Santuario en los cielos, se refiere a María, que está presente ahí corporalmente. Porque el cielo es más bien el cumplimiento perfecto del Nuevo Testamento y no los modelos típicos imperfectos del Viejo Testamento. Hay un paralelismo entre el Arca de la Alianza y esta Reina que sólo puede ser María, ya que su hijo está “destinado a gobernar todas las naciones con cetro de hierro.” (Apocalipsis 12, 5). Adviértase que la división de la Biblia en capítulos fue hecha en el siglo trece. Por tanto, la separación entre los capítulos 11 y 12 es arbitraria. Para entender correctamente las palabras de Juan, debemos leer los versos como un todo unificado.

Salmo 138, 2 — Te doy gracias, Señor, de todo corazón, te cantaré en presencia de los ángeles. Me postraré ante tu santo Templo y daré gracias a tu Nombre por tu amor y tu fidelidad, porque tu promesa ha superado tu renombre.

Cuánto más apropiado es inclinarse (prosternarse) ante el templo viviente de Jesús, su propia madre amorosa, en quien Dios quiso poner su morada entre nosotros (cf. Juan 1, 14) en su Cuerpo y Espíritu.

Levítico 19, 30 — Observaréis mis sábados y respetaréis mi Santuario. Yo soy el Señor.

Nuevamente, ¿cuál santuario es mayor, un templo de piedra o el vientre que actualmente guardó al Dios-Hombre y le dio vida? Se nos ordena reverenciar la piedra del Templo, entonces ¿cómo podemos no reverenciar a la mujer a través de quien Cristo recibió su existencia humana, nutriéndole, enseñándole y amándole?

Lucas 1, 35 — El ángel le respondió: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra.”

La palabra griega que traducida es: te cubrirá con su sombra, es episkiasei y es el mismo vocablo utilizado en referencia al Arca de la Alianza en el siguiente pasaje. Ahí es traducido como moraba sobre ella. Una vez más, María es presentada como la Nueva Arca.

Éxodo 40, 34-35 — La Nube cubrió entonces la Tienda del Encuentro y la gloria de Yahvé llenó la Morada. Moisés no podía entrar en la Tienda del Encuentro, pues la Nube moraba sobre ella y la gloria de Yahvé llenaba la Morada.

Este versículo es claramente paralelo al de Lucas 1, 35 (citado arriba), desde ambos textos utilizan la inusual y muy específica forma verbal episkiasei. María es asociada con el Arca del Antigua Alianza para mostrar que ella es el Arca de la Nueva Alianza. Desde que ella es el cumplimiento del arca típica, María es acreedora de todo el homenaje rendido a la antigua arca y aun más, por ser ella la realidad que se representaba por medio del Arca de la Antigua Alianza. Así como Moisés no pudo entrar en la Morada donde el Espíritu de Dios habitaba, así ningún hombre podía “entrar” en María. ¡Tal cosa hubiera sido un sacrilegio inconcebible!

Lucas 1, 38 — Dijo María: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”. Y el ángel dejándola se fue.

El asentimiento de María fue requerido antes de que Dios cumpliera su Palabra. Meditemos un momento: Dios se dignó pedirle permiso a un simple ser humano antes de redimir al mundo. También analicemos lo siguiente: Ella tuvo la libertad de negarse a colaborar con Dios. Por supuesto, ella no se negó. En cambio, pronunció su hermoso fiat, que es una exquisita síntesis del sentido último de la fe: “Hágase en mí según tu palabra.” El comienzo de nuestra redención se remonta hasta ese consentimiento de María. Este es el momento de la entrada de Cristo en la humanidad. El Arca realizó su propósito.

Lucas 1, 42 — [Isabel] exclamando con gran voz, dijo: “Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno […]”

Isabel, llena del Espíritu Santo pronunció esta frase realmente inusual. Ella aplicó la misma palabra “bendito(a)” al divino Creador del universo y a una criatura mortal, María. Sorprendentemente, Isabel se adelanta a saludar a María. En una cultura en la que las jerarquías familiares, sociales y religiosas son tan importantes—y siendo esa sociedad tan sensible a la irreverencia—esto no pudo haber sido un accidente, ni para Santa Isabel, ni para el Espíritu Santo ni para San Lucas, el escritor de este Evangelio. Al hablar por boca de Isabel, el Espíritu Santo nos muestra el tremendo amor y estima en que tiene a su amada esposa.


Referencias

[1] Where We Got the Bible, (De Dónde Obtuvimos la Biblia) Henry Graham, publ. TAN Books, p. 58.

María, la Nueva Eva

Jueces 5, 24 — ¡Bendita entre las mujeres Yael (la mujer de Jeber el quenita), entre las mujeres que habitan en tiendas, bendita sea!

María es descrita dos veces como siendo “bendita entre las mujeres”—una vez por Gabriel en Lucas 1, 28 y otra por Isabel en Lucas 1, 42. Sus palabras se refieren a este versículo del Antiguo Testamento. Allí se describe un incidente en el que Yael, una mujer de Israel, atrae a su tienda al jefe del ejército enemigo, lo arrulla hasta que se duerme y luego le atraviesa el cráneo con una estaca. La historia de Yael apunta al cumplimiento de una profecía divina, como veremos a continuación.

Génesis 3, 15 — Enemistad pondré entre ti y la mujer [1] y entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar.

El pasaje puede ser traducido del hebreo como “ella te pisará la cabeza”, refiriéndose a María, o como “él te pisará la cabeza”, refiriéndose a Jesús. San Jerónimo en su traducción latina (la Vulgata), utilizó la forma femenina. La mayoría de los traductores modernos usa el masculino. No obstante, incluso el hecho de que no esté definido es interesante. La forma en que Lucas usa esas referencias hace clara su intención. María es el cumplimiento de la profecía del Génesis. Como Yael, María aplastará la cabeza del maligno. La “enemistad” entre María y Satán se aclara plenamente en el Apocalipsis.

Apocalipsis 12, 15-17 — Entonces el Dragón vomitó de sus fauces como un río de agua, detrás de la Mujer, para arrastrarla con su corriente. Entonces despechado contra la Mujer, se fue a hacer la guerra al resto de sus hijos, los que guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús.

Eva y Yael son modelos proféticos y María es su cumplimiento. Todos estos pasajes asombrosos del Antiguo Testamento son reconciliados y realizados en la persona de María tal como San Lucas lo muestra.

Juan 2, 3-4 — Y como faltara vino, porque se había acabado el vino de la boda, le dice a Jesús su madre: “No tienen vino”. Jesús le responde: “¿Qué tengo yo contigo, mujer? Todavía no ha llegado mi hora.”

Jesús se refiere a su madre con la palabra “mujer”, presentada en la versión griega de los Setenta comogynai, un término respetuoso. Algunos piensan que Jesús está amonestando a su madre usando esta expresión: “¿Qué tengo yo contigo mujer? Mi hora no ha llegado”. Sin embargo, nosotros sabemos que Jesús—el cumplimiento perfecto de la ley de Moisés—no pudo haber sido irrespetuoso con su madre, amonestándole en público. Eso hubiera sido un pecado bajo la ley. En realidad, el término gynai es honorable, ya que ésta es la misma palabra usada por Dios en su diálogo con Eva en Génesis 3, 15.

Juan 19, 26 — Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo.”

La palabra griega gynai, como vimos anteriormente, es usada nuevamente en referencia a María. Claramente, la palabra “mujer” en la Escritura difícilmente puede ser entendida como un reproche, aunque suene así a los oídos modernos. El término puede ser traducido como “mi señora” o “dama” en la usanza que normalmente se da cuando alguien se dirige a una mujer muy respetada o de dignidad real.

Gálatas 4, 4 — Pero, al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley.

La palabra griega gynaikos es usada para honrar a María y no es una expresión despectiva.

Referencias

[1] Los traductores de la Septuaginta usan aquí la palabra griega gynai para traducir “mujer” en este versículo, que obviamente no es un insulto o expresión de desprecio.

Devociones marianas

Como dijimos en la sección anterior, los autores sagrados son claros al describir la condición especial de María: Ella es la Reina sentada en el trono a la derecha del Mesías; es el Arca de la Nueva Alianza, pues su cuerpo alojó la Persona de Jesucristo. En una forma única y maravillosa, ella fue, durante los meses de su gravidez, la Morada del Señor y su Santuario. Ahora bien, si el arca antigua fue el arquetipo del arca nueva, solo tenemos que examinar la forma en que los israelitas veneraban el arca antigua para discernir cómo debemos venerar al arca nueva.

1 Crónicas 16, 4 — David estableció los levitas que habían de hacer el servicio delante del arca de Yahvé, celebrando, glorificando y alabando a Yahvé, el Dios de Israel.

Los sacerdotes ministraron delante del arca, mostrándole una especial reverencia. Y eso que ésta era un mero objeto. María es mucho más meritoria de nuestra veneración pues es una persona viva y es la persona más favorecida por Dios en toda la historia.

1 Crónicas 16, 37-38 — David dejó allí, ante el Arca de la Alianza de Yahvé, a Asaf y a sus hermanos, para el ministerio continuo delante del arca, según el rito de cada día y a Obededom, con sus hermanos, en número de sesenta y ocho y a Obededom, hijo de Yedutún y a Josá, como porteros.

Nótese el gran número de personas que fueron designadas especialmente para el ministerio y la protección del arca. Esto es una demostración impresionante de devoción.

Lucas 1, 28 — Y entrando, le dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.

Este es un saludo dirigido a una reina. La salutación de la Vulgata, “Ave”, fue la palabra utilizada para saludar al César, como en “Salve, César”. También los soldados usaron esta palabra para burlarse del Señor antes de la Crucifixión. Por supuesto, para darle a su crueldad mayor sarcasmo, ellos se aseguraron de usar el vocablo de mayor alabanza. La palabra griega traducida como “llena de gracia” es “kejaritomene”, que es en realidad una construcción verbal que significa “alguien que está en la perfección de la gracia”. En ninguna otra parte de las Escrituras encontramos a un ángel que rinda tal homenaje a un ser humano.

Apocalipsis 19, 10 — Entonces me postré a sus pies para adorarle, pero él me dice: “No, cuidado; yo soy un siervo como tú.”

Es más, incluso el gran apóstol Juan cayó rostro en tierra en acto de adoración ante un ángel porque estaba abrumado por su presencia. Y Juan repite el mismo error justo tres capítulos después, en Apocalipsis 22, 8 y tuvo que ser corregido nuevamente por el ángel. Increíblemente, María, una sencilla niña de campo, no comete ese error. En cambio, es el ángel quien le rinde homenaje ¡Un homenaje que refleja su condición de Reina Madre de Nuestro Señor! Esto es más que una mera exageración y no tiene paralelo alguno en toda la historia de la salvación, como veremos en el siguiente pasaje.

1 Reyes 2, 13-25 — Adonías, hijo de Jagguit, fue donde Betsabé, madre de Salomón. Ella dijo: “¿Es de paz tu venida?” Respondió: ” De paz.” Y añadió: “Quiero hablarte.” Ella dijo: “Habla.” El dijo: “Sabes bien que la realeza me pertenecía y que todos los israelitas habían vuelto hacia mí sus rostros para que yo reinara; pero la realeza se volvió y fue para mi hermano, pues de Yahvé le ha venido. Ahora quiero pedirte una sola cosa, no me la niegues.” Ella le dijo: “Habla.” Dijo: “Habla, por favor, al rey Salomón, que no te rechazará, para que me dé a Abisag la sunamita por mujer.” Betsabé contestó: “Está bien. Hablaré al rey Salomón por ti.” Entró Betsabé donde el rey Salomón para hablarle acerca de Adonías. Se levantó el rey, fue a su encuentro y se postró ante ella y se sentó después en su trono; pusieron un trono para la madre del rey y ella se sentó a su diestra. Ella dijo: “Tengo que hacerte una pequeña petición, no me la niegues.” Dijo el rey: “Pide, madre mía, porque no te la negaré.” Ella dijo: “Que se dé Abisag la sunamita por mujer a tu hermano Adonías.” El rey Salomón respondió a su madre: “¿Por qué pides tú a Abisag la sunamita para Adonías? Pues ya pide el reino para él, pues es mi hermano mayor y tiene de su parte al sacerdote Abiatar y a Joab, hijo de Sarvia.” Y el rey Salomón juró por Yahvé: “Esto me haga Dios y esto me añada, si Adonías no ha dicho esta palabra a costa de su vida. Y ahora, por Yahvé que me ha confirmado y me ha hecho sentar en el trono de David mi padre y le ha dado una casa como había prometido, que hoy mismo morirá Adonías.” El rey Salomón encargó de ello a Benaías, hijo de Yehoyadá, que le hirió y murió.

En los reinos antiguos del Oriente Medio, el rey tenía muchas esposas. Así que la persona que asumía el rol de reina era la reina madre, la propia madre del rey. En este pasaje, vemos al rey Salomón rindiendo homenaje a su madre, Betsabé. De hecho él mismo reconoce que no puede rehusar sus peticiones. Esta imagen nos da una clara idea del lugar que ocupaba la reina madre. El rey le rinde homenaje en cuanto la ve, le provee de un trono; además ella se sienta a su derecha, una demostración vívida de su lugar y su poder. El rey aprueba su petición incluso antes de haberla escuchado. Otra nota interesante: en esta ocasión Betsabé está abogando por un enemigo y rival de Salomón, Adonías, que había engañado a la reina. Es más, en lugar de denegar su petición, Salomón en cambio ordena la muerte de Adonías—su único camino para salir de la situación—Jesús, el cumplimiento de toda la realeza en la historia de la salvación, trata a su propia madre con igual respeto que el mostrado por el imperfecto rey Salomón a Betsabé, incluso hasta el punto de ofrecerle un trono. Si Jesús decide darle a María este nivel de honor, reconociéndola como Reina del Cielo (ver la cita de Apocalipsis 11, 19–2, 1, en María como el Arca de la Nueva Alianza), entonces ¿cómo podríamos nosotros honrarla menos si nosotros somos infinitamente menos dignos que Nuestro Señor?

2 Reyes 11, 1-3 — Cuando Atalía, madre de Ocozías, vio que había muerto su hijo, se levantó y exterminó toda la estirpe real. Pero Yehosebá, hija del rey Joram y hermana de Ocozías, tomó a Joás, hijo de Ocozías y lo sacó de entre los hijos del rey a quienes estaban matando y puso a él y a su nodriza en el dormitorio, ocultándolo de la vista de Atalia y no le mataron. Seis años estuvo escondido con ella en la Casa de Yahvé, mientras Atalía reinaba en el país.

Observamos que la madre del rey gobernaba en lugar del rey tras su muerte hasta que la sucesión se establecía.

Salmo 138, 2 — Hacia tu santo templo me prosterno. Doy gracias a tu Nombre por tu amor y tu verdad, pues tu promesa ha superado tu renombre.

Somos instruidos a “posternarnos” (inclinarnos) hacia el templo que contiene el arca antigua. ¡Con cuánta mayor razón debemos reverenciar la nueva arca! Por tanto vemos que “inclinarse” ante María no sólo es aceptable, es lo que se espera de aquellos que están sujetos a la Nueva Alianza, es decir, los cristianos. En otras palabras, si nosotros nos rehusamos a venerar a María, equivaldría a que los israelitas, en su profesión de amor a Yahvé, rehusaran rendir homenaje a la Morada del Señor. Pero por supuesto, esta situación sería completamente impensable.

Levítico 19, 30 — Guardad mis sábados y respetad mi santuario. Yo soy Yahvé.

María es el santuario del Señor en una manera mucho más verdadera y más íntima de lo que jamás fue el templo de Salomón. A través de María, Jesús recibió su naturaleza humana y a través de ella recibió el sustento de su vida humana. Por tanto reverenciar a María está completamente de acuerdo con las Escrituras.

Salmo 134, 2 — ¡Por las noches alzad las manos hacia el santuario y bendecid a Yahvé!.

Se nos dirige a asumir una postura de inclinación ante el santuario de Dios. Asimismo, vemos que cuando nosotros bendecimos a María—”el santuario”—nosotros estamos realmente bendiciendo al Señor. Este hecho es clave para comprender la devoción católica a María.

Génesis 27, 29 — Sírvante pueblos, adórente naciones, sé señor de tus hermanos y adórente los hijos de tu madre. ¡Quien te maldijere, maldito sea y quien te bendijere, sea bendito!

Aquí Isaac está diciendo que su hijo, Jacob, es merecedor de la alabanza y el homenaje de naciones enteras. Cuánto más loable es María, que llevó al Señor en su vientre, que lo alimentó de su propio cuerpo, que le enseñó a caminar y hablar y a vivir conforme a la ley.

Génesis 49, 8 — A ti, Judá, te alabarán tus hermanos; tu mano en la cerviz de tus enemigos; inclínense a ti los hijos de tu padre.

La profecía de Jacob sobre su hijo, Judá, incluye a sus hermanos postrándose delante de él. Desde que ésta es una ocasión de gran alabanza no hay manera de que sea ofensiva a Dios. Los hermanos de Judá no se postran en adoración, pero en cambio ellos le muestran la reverencia que se merece. Y cuánta más reverencia se merece la Santa Madre de Jesús, quien llevó a Dios en el vientre en una forma mucho más cercana e íntima que la de aquella Arca de la Alianza que llevó las tablas de la ley de Dios. Dios ordenó una reverencia tan profunda al Arca que el menor contacto no autorizado fue castigado con la muerte inmediata.

Génesis 33, 3 — Y él se les adelantó y se inclinó en tierra siete veces, hasta llegar donde su hermano.

Cuando Jacob se reunió con Esaú “se inclinó en tierra siete veces”. No hay indicación de que el homenaje de Jacob a su hermano, “postrarse en tierra siete veces”, fuera ofensivo para Dios. Así que ¿cómo puede ser ofensivo para Dios cuando nos inclinamos ante María quien es mucho más merecedora de nuestra veneración que Esaú?

Josué 5, 13-15 — Sucedió que estando Josué cerca de Jericó, levantó los ojos y vio a un hombre plantado frente a él con una espada desnuda en la mano. Josué se adelantó hacia él y le dijo: “¿Eres de los nuestros o de nuestros enemigos?” Respondió: “No, sino que soy el jefe del ejército de Yahvé. He venido ahora.” Cayó Josué rostro en tierra, le adoró y dijo: “¿Qué dice mi Señor a su siervo?” El jefe del ejército de Yahvé respondió a Josué: “Quítate las sandalias de tus pies, porque el lugar en que estás es sagrado.” Así lo hizo Josué.

Algunos cristianos no católicos se escandalizan a veces del honor que los católicos le rinden a María. Eso es porque desconocen que en las Escrituras se registran diversos grados de adoración. El mayor grado es “latria”, la adoración que solamente se debe a Dios. De “latria” proviene el término “idolatría”, que es la acción de dar a un ídolo lo que solamente es de Dios. El menor grado de adoración es “dulia”, o sea, el respeto que se debe a los ángeles y a las personas santas. En medio de estos dos grados de adoración, está la “hiperdulia”, el respeto especial que se le da a María, la Madre del Rey Eterno de Israel, Nuestro Señor Jesucristo.En este ejemplo tomado de la Biblia, vemos como Josué da al guerrero del Señor, un ángel, el debido respeto (dulia). Las Escrituras no indican que Josué haya cometido un pecado al haber hecho esto. El punto es, Josué no le estaba ofreciendo al ángel más adoración que la debida, tampoco lo hacen los católicos que invocan la intercesión de María. La Iglesia siempre ha enseñado que María es una persona creada por Dios, aun cuando ha sido altamente bendecida por Dios, María es creación de Dios, compartiendo ese aspecto de su ser con el resto de la humanidad. Sin embargo, la posición de María como Madre de Dios y Reina del Israel Eterno, la hace merecedora de un altísimo honor que por supuesto es menor que la adoración que se debe solamente a Dios.

1 Samuel 28, 14 — Saúl le preguntó: “¿Qué aspecto tiene?” Ella respondió: “Es un hombre anciano que sube envuelto en su manto.” Comprendió Saúl que era Samuel y cayendo rostro en tierra se postró.

El rey Saúl se postra ante el espíritu del difunto Samuel. Nótese que el santo profeta Samuel no lo revoca de esta acción, por tanto nosotros debemos concluir que postrarse ante Samuel no fue ofensivo para Dios.

Lucas 2, 51 — Bajó con ellos y vino a Nazaret y vivía sujeto a ellos. Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón.

María retrasa el inicio del ministerio de Jesús. Aunque todavía es un niño, el estaba en el proceso de revelarse a sí mismo a los ancianos del templo mediante su interpretación autorizada y magistral de las Escrituras (v. 47). Aún así, ante la indicación de María, El dejó el templo y regresó a su casa con María y José.

Juan 2, 4 — Jesús le responde: “¿Qué tengo yo contigo, mujer? Todavía no ha llegado mi hora.”

Cristo no desea actuar aún y sin embargo accede a la petición de María, que inevitablemente lo revela como profeta, convirtiendo el agua en vino. Por tanto, María determina cuándo comienza realmente el ministerio de Jesús.

Juan 19, 26-30 — Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo.” Luego dice al discípulo: “Ahí tienes a tu madre.” Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa. Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dice: “Tengo sed” Había allí una vasija llena de vinagre. Sujetaron a una rama de hisopo una esponja empapada en vinagre y se la acercaron a la boca. Cuando tomó Jesús el vinagre, dijo: “Todo está cumplido.” E inclinando la cabeza entregó el espíritu.

María también participa en el ministerio de Cristo. El acto final de Jesús antes de morir fue poner a Juan a su cuidado, recién entonces Jesús “entregó el espíritu”.

Apocalipsis 12, 17 — Entonces despechado contra la Mujer, se fue a hacer la guerra al resto de sus hijos, los que guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús.

María es considerada la madre de todos los creyentes. Este pasaje reafirma el hecho de que desde la Cruz, Jesús nos entregó a su madre a todos nosotros, no únicamente al apóstol Juan, como ya hemos explicado.

Lucas 2, 34-35 — Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: “Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel y para ser señal de contradicción ¡y a ti misma una espada te atravesará el alma! a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones.”

El profeta Simeón, definitivamente compara el sufrimiento de Jesús—y su poder revelador—con el de María.

Salmo 45, 7-18 — Tu trono, como el de Dios, permanece para siempre; el cetro de tu realeza es un cetro justiciero… una hija de reyes está de pie a tu derecha: es la reina, adornada con tus joyas y con oro de Ofir… Embellecida con corales engarzados en oro y vestida de brocado, es llevada hasta el rey… Yo haré célebre tu nombre por todas las generaciones: por eso, los pueblos te alabarán eternamente.

En esta exquisita profecía mesiánica, nosotros vemos a una reina de pie a la derecha del Mesías. Esta misteriosa mujer sólo puede ser María. Nosotros sabemos que esta profecía se refiere a María con sólo mirar su Magnificat en Lucas 1, 48, ya citado previamente. El evangelista coloca a María autoproclamándose “por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada”.Nuevamente, esta referencia no puede ser un error. Lucas nos está informando—en términos que cualquier judío de su tiempo pudo haber reconocido instantáneamente—que María es el cumplimiento de esta hermosa profecía de la princesa con adornos de oro.

1 Samuel 4, 22 — La gloria ha sido desterrada de Israel, porque el Arca de Dios ha sido capturada.

La nuera de Elí hace este asombroso comentario después de que el ejército de los israelitas ha sido derrotado y el Arca de la Alianza es capturada por los filisteos. Nótese que la “gloria” de Israel (Dios) fue desterrada cuando el arca fue capturada. Para nuestras mentes, esto suena extraño. Dios está en todas partes ¿no es así? ¿Y no es Dios mismo la gloria de Israel en lugar de la caja que contenía las tablas de la ley, la vara reverdecida y el maná? ¿se puede considerar esto como una forma de idolatría que desmerece la adoración de Dios? Obviamente no. Dios, en su misterioso e inescrutable designio, sedió a sí mismo a través del arca haciendo visible su presencia en la luz “shekinah”. El usó el arca para desplegar su poder y su presencia. Cuando el arca fue tomada, la gloria de Israel se fue. Éste es el misterio y la majestad de la Encarnación. Que la existencia física—incluída nuestra propia humanidad—tiene un significado real y tangible. Es decir, la realidad no es un mero reflejo o ilusión, como propone el budismo, pero es el campo de batalla donde tiene lugar la lucha entre el bien y el mal, donde las almas inmortales son perdidas o salvadas. Es aquí donde nosotros alabamos a Emmanuel—”Dios con nosotros”—esto es, Dios compartiendo nuestra realidad física. María fue el primer tabernáculo de esta realidad impresionante. María como la nueva y viviente arca, es gloriosa en formas que el arca antigua—su predecesora y modelo—nunca pudo serlo. En un sentido real y maravilloso, María es la gloria del nuevo Israel, la alianza sellada entre Dios y el hombre a través de la sangre salvadora de su divino Hijo. El hecho de que una persona—una persona creada—pueda ser honrada por Dios de esta forma es un impresionante regalo para todos nosotros.

La Inmaculada Concepción

La Inmaculada Concepción es un término usado para referirse al nacimiento de María exenta del pecado original. Este término no se encuentra en la Biblia, así como el término “Trinidad” no se halla en las Escrituras. Los fundamentos de esta enseñanza, sin embargo, son totalmente bíblicos.

Exodo 25, 8-16 — Con todo esto me harán un Santuario y yo habitaré en medio de ellos. En la construcción de la morada y de todo su mobiliario te ajustarás exactamente a los modelos que yo te mostraré. Tú harás un arca de madera de acacia, que deberá tener ciento veinticinco centímetros de largo por setenta y cinco de ancho y setenta y cinco de alto. La recubrirás de oro puro por dentro y por fuera y pondrás alrededor de ella, en la parte de arriba, una moldura de oro. También le harás cuatro argollas de oro fundido y se las colocarás en los cuatro extremos inferiores, dos de un lado y dos del otro. Asimismo, harás unas andas de madera de acacia, las revestirás de oro y las harás pasar por las argollas que están a los costados del arca, para poder transportarla. Las andas estarán fijas en las argollas y no serán quitadas. En el arca pondrás las tablas del testimonio que yo te daré.

La antigua Arca de la Alianza fue preparada con gran esmero y cuidado, usando materiales vírgenes siguiendo las expresas instrucciones de Dios. Como hemos visto en los capítulos anteriores, el Arca de la Alianza es una prefiguración de María. Dios no tiene ningún motivo para crear a María con menos cuidado que a aquella, su representación profética de la antigüedad. Por eso tenemos la seguridad que la gracia de Dios se manifiesta en su plenitud en María, con la perfección que el Arca antigua prefigura.

Génesis 1, 27 — Y Dios creó al hombre a su imagen; lo creó a imagen de Dios, los creó varón y mujer.

Eva, la primera mujer, el arquetipo femenino del Antiguo Testamento, fue creada sin pecado original. Así también fue creada María, quien es el cumplimiento completo de ese modelo en el Nuevo Testamento como la nueva Eva. María tiene una importancia mucho mayor que Eva en la historia de la salvación y por eso Dios no le dio una forma inferior a aquella primera mujer. No es posible que el cumplimiento sea de menor calidad que su prefiguración. Tampoco se puede pensar que la “nueva arca” que daría vida humana al profetizado Emanuel estuviera manchada por el pecado original, siendo que su modelo, el Arca del Pacto, fue construída con materiales preciosos e intachables.

Lucas 1, 26-28 — Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y entrando, le dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”.

El ángel Gabriel alaba a María con su saludo. La palabra griega original que se traduce al castellano como “llena de gracia” y al latín como “gratia plena”, significa literalmente “aquella que ha sido perfeccionada en gracia”. Este saludo angelical no tiene precedente en las Escrituras. Nunca un ángel había honrado a alguien de esa manera. San Gabriel no hubiera usado esas palabras si María hubiese estado en un estado pecaminoso.

Lucas 1, 45-49 — ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor! Y dijo María: “Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me bendecirán, porque ha hecho en mi favor maravillas el Todopoderoso, Santo es su nombre”.

María describe las bendiciones que Dios le ha dado en forma especial y personal. No habla en nombre de toda la humanidad o en nombre de los pecadores. María reconoce que Dios ha hecho con ella algo singular, único.

Apocalipsis 21, 27 — Nada profano entrará en ella, ni los que cometen abominación y mentira, sino solamente los inscritos en el libro de la vida del Cordero.

Esta referencia de San Juan a la santidad de la Jerusalén celestial es útil para entender que la vida humana de Jesús no puede haber sido formada dentro de una persona tocada por el pecado original. Dios simplemente no puede estar en comunión con el pecado. Esa es justamente la razón por la cual los pecadores no pueden entrar en el cielo.

Romanos 3, 10-18 — Pues ya demostramos que tanto judíos como griegos están bajo el pecado, como dice la Escritura: “No hay quien sea justo, ni siquiera uno solo. No hay un sensato, no hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se corrompieron; no hay quien obre el bien, no hay siquiera uno. Sepulcro abierto es su garganta, con su lengua urden engaños. Veneno de áspides bajo sus labios; maldición y amargura rebosa su boca. Ligeros sus pies para derramar sangre; ruina y miseria son sus caminos. El camino de la paz no lo conocieron, no hay temor de Dios ante sus ojos.”

Algunos utilizan una parte de este pasaje bíblico para intentar probar que todos los seres humanos han pecado, incluyendo a María. Pero basta una lectura detenida del contexto para darnos cuenta de que esto no puede ser interpretado universalmente. Primeramente, si esta escritura es interpretada literalmente, debemos concluir que Jesús también fue un pecador y eso sería contradictorio con el resto de las Escrituras. Lo que sí sabemos es que San Pablo está refiriéndose a los Salmos 14 y 53. En el Salmo 14 encontramos una reflexión sobre la insensatez de ignorar a Dios:

El necio se dice a sí mismo: “No hay Dios. Todos están pervertidos, hacen cosas abominables, nadie practica el bien. El Señor observa desde el cielo a los seres humanos, para ver si hay alguien que sea sensato, alguien que busque a Dios. Todos están extraviados, igualmente corrompidos; nadie practica el bien, ni siquiera uno solo. ¿Nunca aprenderán los malvados, los que devoran a mi pueblo como si fuera pan y no invocan al Señor? Mirad cómo tiemblan de espanto, porque Dios está a favor de los justos. Vosotros os burláis de las aspiraciones del pobre, pero el Señor es su refugio. ¡Ojalá venga desde Sión la salvación de Israel! Cuando el Señor cambie la suerte de su pueblo, se alegrará Jacob, se regocijará Israel.”

Es obvio que el apóstol no tiene en mente enseñar que todo ser humano creado desde los tiempos de Adán y Eva ha sido enteramente depravado, tal como enseñaron algunos seguidores de la Reforma. El salmista y el apóstol están hablando de “necios” y “malvados” que acechan al pueblo de Dios. Es claro que estos pasajes condenan a ciertos malhechores en forma específica por ser perseguidores de los justos que sirven a Dios. Es absurdo imaginar que San Pablo citó este texto con la intención de cambiar su significado, distorsionando así el sentido original de la Escritura.

María siempre virgen

La Iglesia siempre ha afirmado como dogma la perpetua virginidad de María. Esto significa que ella fue siempre virgen : antes, durante y después de dar a luz a Jesucristo. La doctrina católica se fundamenta en la correcta interpretación de la Biblia y en la Tradición Apostólica.

Juan 19, 27 — Luego dice al discípulo: “Ahí tienes a tu madre.” Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa.

Cristo encarga a Juan el cuidado de su madre. Si Jesús hubiera tenido hermanos, este gesto hubiera resultado por demás ofensivo. Para mayor información ver el capítulo titulado,Hermanos de Jesús.

2 Samuel 6, 6-7 — Cuando llegaron a la era de Nacón, Uzá extendió su mano hacia el Arca de Dios y la sostuvo, porque los bueyes habían resbalado. Entonces la ira del Señor se encendió contra Uzá y Dios lo hirió allí mismo por ese error. Así el murió junto al Arca de Dios.

Uzá fue fulminado por simplemente tocar el Arca, aun cuando no era su intención hacer daño alguno. Esto nos da una idea de la importancia que los antiguos hebreos daban a las cosas sagradas. Ya que María es el cumplimiento del Arca de la Alianza y es también la esposa del Espíritu Santo, ¿cómo pudiera José tan siquiera atreverse a desecrar a María sin arriesgarse a sufrir un castigo como el de Uzá?

Éxodo 40, 34-35 — Entonces la nube cubrió la Carpa del Encuentro y la gloria del Señor llenó la morada. Moisés no podía entrar en la Carpa del Encuentro, porque la nube se había instalado sobre ella y la gloria del Señor llenaba la morada.

Si nadie, ni siquiera Moisés pudo entrar en la tienda cuando la gloria del Señor moraba en ella ¿quién se hubiera atrevido a entrar en esta Nueva Arca y pagar con su vida por el sacrilegio?

1 Corintios 7, 37-38 — Mas el que ha tomado una firme decisión en su corazón y sin presión alguna y en pleno uso de su libertad está resuelto en su interior a respetar a su novia, hará bien. Por tanto, el que se casa con su novia, obra bien. Y el que no se casa, obra mejor.

Para San Pablo, el estado célibe es siempre preferible al estado conyugal siempre que los cónyuges tengan la disciplina necesaria para vivir así. Para aquellos que no tienen ese don, el estado marital normal es preferible. No debiera sorprendernos que una mujer tan piadosa como María siguiera el camino de mayor pureza según la fe.

1 Corintios 7, 29 — Os digo, pues, hermanos: El tiempo es corto. Por tanto, los que tienen mujer, vivan como si no la tuviesen.

San Pablo exhorta a los fieles a la santidad del celibato aun si fueran casados.

Apocalipsis 14, 2-5 — Y oí un ruido que venía del cielo, como el ruido de grandes aguas o el fragor de un gran trueno y el ruido que oía era como de citaristas que tocaran sus cítaras. Cantan un cántico nuevo delante del trono y delante de los cuatro vivientes y de los ancianos. Y nadie podía aprender el cántico, fuera de los 144.000 rescatados de la tierra. Estos son los que no se mancharon con mujeres, pues son vírgenes. Estos siguen al Cordero a dondequiera que vaya y han sido rescatados de entre los hombres como primicias para Dios y para el Cordero y en su boca no se encontró mentira: no tienen tacha.

En este versículo San Juan afirma el valor del celibato. Ver también los siguientes pasajes bíblicos: 1 Samuel 21, 2-7. Esta escritura fue validada por Jesús en su discusión con los fariseos en Mateo 12, 3. El concepto de sacrificar las relaciones conyugales a Dios tiene amplio precedente en la historia hebrea y no es aventurado entender que José y María, viviendo una situación tan claramente sobrenatural, ofrendaran esa clase de sacrificio a Dios. Adicionalmente, se hace evidente que María había hecho votos de castidad permanentes tal como antiguamente lo hiciera la hija de Jefté (ver Jueces 11, 29-40). De otro modo no se puede entender la respuesta de María al ángel Gabriel en Lucas 1, 30-34:

El ángel le dijo: “No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. El será grande y será llamado Hijo del Altísimo y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin”. María respondió al ángel: “¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?”

Obviamente María no esperaba tener relaciones conyugales con José, a quien estaba prometida. De otro modo no hubiera hecho esa pregunta. Más bien, ella hubiera supuesto que—una vez casada—ella y José tendrían un hijo que sería un don especial de Dios. La pregunta surge inocentemente de María, quien sabe muy bien que los niños son el resultado de las relaciones maritales. Es por eso que el ángel pasa a describir cómo el Espíritu Santo pondrá dentro de ella la vida del Mesías. [1]


Referencias

[1] La frase nos revela que María esperaba tener un matrimonio santo con José, preservando su voto de virginidad perpetua. Es de suponer que José era también un varón célibe, ya que de esta manera, la Sagrada Familia, compuesta de tres vírgenes (Jesús, María y José) resulta ser una familia completamente consagrada a Dios.

Hermanos de Jesús

Muchos protestantes disputan la virginidad perpetua de María usando este versículo del Evangelio de Marcos: “¿No es acaso el carpintero , el hijo de María, hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanas no viven aquí entre nosotros?” (Marcos 6, 3). A primera vista este versículo pareciera ser un obstáculo insalvable para la doctrina de la perpetua virginidad de María. Sin embargo esta escritura sirve para ejemplificar el peligro de querer interpretar las Escrituras desconociendo los lenguajes antiguos y sin tener en cuenta los usos y costumbres de las sociedades y culturas que la Biblia describe. Como cualquier erudito bíblico lo puede atestiguar, los israelitas de la antigüedad se referían comúnmente a sus primos, miembros de la propia tribu y hasta otros sin ninguna relación tribal o familiar específica como “hermanos” (hebreo “aj”).

1 Crónicas 6, 18-28 — Los que ejercían ese ministerio y sus hijos son los siguientes: De los descendientes de Quehat: Hemán el cantor, hijo de Joel, hijo de Samuel, hijo de Elcaná, hijo de Ierojám, hijo de Eliel, hijo de Tóaj, hijo de Suf, hijo de Elcaná, hijo de Májat, hijo de Amasai, hijo de Elcaná, hijo de Joel, hijo de Azarías, hijo de Sefanías, hijo de Tájat, hijo de Asir, hijo de Ebiasaf, hijo de Coré, hijo de Ishar, hijo de Quehat, hijo de Leví, hijo de Israel. Además, su hermano Asaf, que asistía a su derecha. Asaf era hijo de Berequías, hijo de Simá, hijo de Micael, hijo de Baasías, hijo de Malquías, hijo de Etní, hijo de Zéraj, hijo de Adaías, hijo de Etán, hijo de Zimá, hijo de Simei, hijo de Iájat, hijo de Gersón, hijo de Leví.

Este pasaje se refiere a dos hombres, Hemán y Asaf como “hermanos”. Sin embargo podemos ver claramente que sus genealogías—perfectamente enunciadas aquí—muestran que tienen diferentes padres y abuelos, de hecho el único ancestro que comparten es Leví, el padre de su tribu. De aquí deducimos claramente que los israelitas usaban ocasionalmente la palabra “hermano” para identificar personas que en el vocabulario moderno no hubieran sido considerados hermanos o ni siquiera primos, siendo apenas miembros de la misma tribu. Esto tiene mucho sentido, ya que la vida y sustento de un israelita dependía de la suerte de su grupo tribal, mucho más que de su propia familia. La vida en la antigüedad hacía muy difícil la supervivencia de una familia fuera del entorno de su tribu. Este uso general de la palabra “hermano”—que no nos resulta familiar en el español moderno—es un excelente ejemplo de por qué no podemos leer las Escrituras imponiendo nuestras propias ideas preconcebidas sobre familia, sociedad y lenguaje sin que eso resulte en una severa distorsión de su significado. Queda entonces bien claro por qué es tan peligroso confiar en nuestro propio entendimiento de la Biblia como autoridad suprema de la fe.

2 Samuel 1, 26 — ¡Cuánto dolor siento por ti, Jonatán, hermano mío muy querido! tu amistad era para mí más maravillosa que el amor de las mujeres.

David es hijo de Jesé, Jonatán es hijo de Saúl—un príncipe—sin embargo David usa la palabra “hermano” para referirse a él al lamentar su muerte.

1 Reyes 9, 12-13 — Jirám salió de Tiro para ver los poblados que le había cedido Salomón. Y como no le gustaron, exclamó: “¿Son estas las ciudades que me das, hermano mío?” Y se las llamó “País de Cabul”, hasta el día de hoy.

Hiram se refiere a Salomón como “hermano” cuando ni tan siquiera son miembros de la misma nación, ya que Hiram es el rey de Tiro.

1 Reyes 20, 32 — Ellos se ciñeron un sayal y se ataron cuerdas a la cabeza; luego se presentaron al rey de Israel y le dijeron: “Tu servidor Ben Hadad ha dicho: Perdóname la vida”. El respondió: “¿Vive todavía? ¡Es mi hermano!”.

Ahab llama a Ben Hadad su “hermano” y en este caso también, ambos son de naciones diferentes.

Amós 1, 9 — Así habla el Señor: “Por tres crímenes de Tiro y por cuatro, no revocaré mi sentencia. Porque entregaron a Edóm poblaciones enteras de cautivos, sin acordarse de una alianza entre hermanos”.

La palabra “hermano” puede referirse, como vemos aquí, a los miembros de una alianza entre naciones. En este caso la alianza es entre Salomón (rey de Israel) e Hiram (rey de Tiro). Dios mismo se refiere a la relación entre ellos como “alianza entre hermanos”.

Marcos 6, 3 — “¿No es acaso el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanas no viven aquí entre nosotros?”. Y Jesús era para ellos un motivo de tropiezo.

Hay quienes se toman la libertad de entender que todos los mencionados en este verso son hijos de María. Sin embargo el verso no dice “uno de los hijos de María” sino “el hijo de María”. A la confusión original se agrega el hecho de que la madre de Santiago y José también se llama María, como se puede comprobar en Marcos 15, 40, donde se mencionan a las “tres Marías” que estuvieron presentes en el Calvario.

Marcos 15, 40 — Había también allí algunas mujeres que miraban de lejos. Entre ellas estaban María Magdalena, María, la madre de Santiago el menor y de José y Salomé, que seguían a Jesús y lo habían servido cuando estaba en Galilea y muchas otras que habían subido con él a Jerusalén.

En el relato de Marcos se ve, bien a las claras que María, la madre de Santiago y José no es la madre de Jesús.

Mateo 10, 2-4 — Los nombres de los doce apóstoles son: en primer lugar, Simón, de sobrenombre Pedro y su hermano Andrés; luego, Santiago, hijo de Zebedeo y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, hijo de Alfeo y Tadeo; Simón, el Cananeo y Judas Iscariote, el mismo que lo entregó.

Como vemos aquí, ninguno de los apóstoles llamados Santiago es hijo de José y de María, de modo que ninguno puede ser llamado un “hermano” de Jesús en el sentido moderno de la palabra, aunque es posible que sean parientes cercanos. Santiago el mayor, se nos informa en la Biblia, es el hijo de Zebedeo y Santiago el Menor es hijo de Alfeo. Es imposible probar que María tuvo otros hijos, usando estos textos.

Mateo 27, 55-56 — Había allí muchas mujeres que miraban de lejos: eran las mismas que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirlo. Entre ellas estaban María Magdalena, María—la madre de Santiago y de José—y la madre de los hijos de Zebedeo.

Resulta claro que esta María no es la madre de Jesús, ya que el autor del Evangelio no hubiera dejado de identificarla como tal, mucho menos al momento del Calvario. Combinado con Marcos 6, 3 y 15, 40 se hace evidente que estos versos no pueden ser usados para probar que María tuvo otros hijos aparte de Jesús.

Lucas 6, 14-16 — A Simón, a quien llamó Pedro y a su hermano Andrés; a Santiago y Juan, a Felipe y Bartolomé, a Mateo y Tomás, a Santiago de Alfeo y Simón, llamado Zelote; a Judas de Santiago y a Judas Iscariote, que llegó a ser un traidor.

Este pasaje que nos da la lista de los nombres de los apóstoles clarifica el origen de Santiago el Menor, quien es hijo de Alfeo y no de José.

Lucas 2, 40-52 — El niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría y la gracia de Dios estaba sobre él. Sus padres iban todos los años a Jerusalén a la fiesta de la Pascua. Cuando tuvo doce años, subieron ellos como de costumbre a la fiesta.

No se hace mención de ningún hermano en este relato de la infancia de Jesús ni cuando sus padres lo encuentran finalmente en el templo. Esta es la última mención de José en los Evangelios, unos doce años después del nacimiento de Jesús. No se nombran ni hermanos ni hermanas de Jesús. Nótese que es cronológicamente improbable, por no decir imposible, que María haya tenido luego otros hijos que pudieran haber sido “hermanos y hermanas” de Jesús al tiempo de su ministerio, cuando él contaba con alrededor de treinta años. Eso le deja a María unos dieciocho años para dar a luz y criar a—por lo menos—dos varones y dos niñas. El mayor de esos varones hubiera sido apenas un adolescente al tiempo del ministerio de Cristo.

Juan 7, 3-4 — Y le dijeron sus hermanos: “Sal de aquí y vete a Judea, para que también tus discípulos vean las obras que haces, pues nadie actúa en secreto cuando quiere ser conocido. Si haces estas cosas, muéstrate al mundo.”

Hubiera sido impensable que los hermanos menores de Jesús le hablaran de esta manera a su supesto “hermano mayor”, el primogénito de María.

Juan 19, 25-27 — Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Clofás y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo.” Luego dice al discípulo: “Ahí tienes a tu madre.” Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa.

Desde la Cruz, Cristo entrega su madre al cuidado de Juan, hijo de Zebedeo. Esto hubiera sido impensable si Cristo hubiera tenido otros hermanos. Nótese que la “hermana de su madre” tiene el mismo nombre: María. Como es rarísimo que alguien le dé el mismo nombre a dos hijas, lo más probable es que ambas Marías hayan sido parientes cercanos y no hijas del mismo padre y madre. Esto nos ayuda a entender mejor lo expresado en Marcos 6, 3.

Estos versos dejan sin contestar varios interrogantes. Uno de ellos es ¿Por qué Santiago y José son hijos de María la esposa de Clofás y también se los llama los hijos de Alfeo en Lucas 6, 15. Esto puede ser el resultado de una viuda que se ha casado después de tener dos hijos o bien, Alfeo y Clofás eran la misma persona, siendo uno de los nombres su apodo. No es raro encontrar en la Biblia a personas que responden a más de un nombre, lo que parece haber sido común en la sociedad judía de aquellos tiempos.